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16 febrero 2011

Dejad que los niños se acerquen a mí, dijo la ciencia

Mientras leía la entrada de mi compañero de bitácora sobre el artículo fabricado por la mente de una talentosa niña, me vino a la memoria un artículo recientemente aparecido en Biology Letters. En él, unos colegiales explicaban, a su manera, sus interesantes experimentos con abejas. El propósito del artículo no era otro que permitir que los niños aprendieran como funciona la ciencia, presentándosela como un juego con reglas (en concreto definen la ciencia como: “the process of playing with rules that enables one to reveal previously unseen patterns of relationships that extend our collective understanding of nature and human nature”). De este modo, los intrépidos investigadores soportaron sobre sus espaldas todo el peso del estudio, desde el planteamiento de los experimentos hasta el análisis de los resultados. Lógicamente a escala su escala de trabajo y conocimientos (es más, el artículo no tiene referencias), pero no menos meritorio por ello. El problema a estudiar no era otro que intentar clarificar si los animales, en concreto, las abejas eran “inteligentes”, o al menos en cierto grado. Es decir, de alguna manera, intentar descubrir si la capacidad de “pensar” es únicamente humana.

Para ello, ofrecieron a las abejas unas disposiciones de colores (el equivalente a las flores en la naturaleza) y observaron como estas aprendían a seleccionar aquellas flores que contenían su alimento, el azucar. Posteriormente, y tras darse cuenta que las abejas podían llegar a aprender un patrón, cambiaban algunos factores como el color de las supuestas flores o la distribución general para saber si los insectos serían capaces de identificar esos cambios y aún así descubrir las flores con alimento. De manera general, estos animalitos no pudieron llegar a tanto…¡pero algo habían hecho! Hay que ser conscientes que, a lo mejor, aprender esos patrones no tiene ningún sentido biológico para las abejas, es decir, que la selección podría no haber actuado sobre esa capacidad planteada en el experimento en concreto. Y creo que este sí que es un factor importante que deberíamos darnos cuenta cuando los animales “no aprenden” algo planteado por los humanos.

No obstante, independientemente de todo ello, el trabajo merece ser leído porque además de resultar divertido (merece especial mención los agradecimientos), nos ayuda a evitar que se nos olvide lo que realmente hace uno cuando trabaja en ciencia. Aprender y dar a conocer. El sistema actual no siempre favorece esta labor y hace que en la mayoría de los casos, la ciencia se quede entre los científicos y ni los niños, ni los adultos, sean conscientes de los descubrimientos. En este caso, un grupo de escolares y esos pequeños animalitos nos han enseñado como con imaginación e interés se puede aprender mucho del mundo que nos rodea y que estos insectos son capaces de resolver algunos de los puzzles a los que les sometemos (o les somete la naturaleza). En conclusion, como dicen en el artículo “This experiment is important, because, as far as we know, no one in history (including adults) has done this experiment before”. Ahí está la primera piedrecita en el camino.

Para saber más: Blackawton et al. 2010. Blackawton bees. Biology Letters. Doi: 10.1098/rsbl.2010.1056.

Pero no te olvides de los FPIs.

01 octubre 2008

de Prada´s flies

Recientemente, en el congreso de Etología (por cierto, en mi opinión, un magnífico congreso) un investigador brasileño nos habló de sus investigaciones sobre opiliones. En esa charla, comentaba lo curioso que resulta que, a diferencia de investigadores que trabajan con grupos más conocidos, él tiene que iniciar sus conferencias presentando a sus modelos de estudio. Señores, “Los opiliones no son arañas”, ese era un principio básico sobre el que continuar su exposición.

El uso del nombre común por parte de la sociedad hace que algunas veces cometamos errores al referirnos a alguna especie. Como en el caso del principio, uno podría fijarse en una esquina de la casa y rápidamente pensar que tiene arañas, cuando en realidad no lo son. Generalmente es un problema que nos ocurre con grupos poco conocidos que se parecen a otros con los que estamos más familiarizados. Quizás sea un error menor pero hay que tener cuidado con ello. Por así decirlo es como llamar a los burros caballos o a las sillas mesas. Se parecen pero no son lo mismo.

Esto viene a cuento del comentado artículo del señor de Prada. Aparte del desconocimiento de la teoría evolutiva que demuestra el autor (de lo cual ya hablaron otros) mi intención aquí es romper una lanza, aunque sea pequeña, por esos invertebrados a los que se refiere. En ese artículo, de Prada hace referencia hasta en dos ocasiones al mosquito del vinagre, sin citar el nombre científico de esa especie, algo inadmisible en textos rigurosos en biología. Lógicamente, dada la ausencia de referencia al nombre científico de la especie no estoy completamente seguro de ello, pero sospecho que en realidad el autor quería referirse a la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster). ¿Razones? más que nada porque esta especie sí es un excelente modelo de estudio ampliamente utilizado en biología del que tenemos los suficientes conocimientos de su genoma como para poderlo comparar con el de los humanos y concluir las numerosas semejanzas entre ellos, siendo esto último a lo que parece referirse especialmente el autor. (Nota: por prudencia también busqué sin éxito referencias al mosquito del vinagre en bases de datos libres (pubmed, google académico) ¿vosotros conocéis esa especie?). Por tanto, creo que el autor se equivocó al nombrar la especie, aunque no estoy completamente seguro, permitanme que lo sospeche, algo en lo que no debo ser el único,ya que otros también lo han entendido igual.

En esto, pronto se me vino a la mente el ejemplo del investigador brasileño. ¿Qué es un mosquito? ¿Es lo mismo que una mosca?. Aunque pudiera haber cierta controversia ampliando o reduciendo ligeramente la amplitud del término, los manuales entomológicos parecen estar de acuerdo con que “mosquito” debe utilizarse como referencia para insectos de la familia Culicidae. La mosca del vinagre pertenece a la familia Drosophilidae, luego no sería exacto referirse a estos insectos como mosquitos. Pronto pensé que podría deberse a un error debido a la definición de la RAE, pero tampoco. Las definiciones que da este organismo también excluirían con claridad a las moscas del vinagre del grupo de los mosquitos. Por tanto, en conclusión, es normal que el señor de Prada desconozca la diferencia entre mosquitos y moscas porque no tiene por qué conocer toda la terminología entomológica, no tiene por qué ser entomólogo, ni siquiera biólogo, ni conocedor de la naturaleza. Pero esto hace sospechar más si cabe, su capacidad para poder dar lecciones sobre el hecho evolutivo, el valor de su opinión. Señor, aunque se parecen, “no son lo mismo”.